“El modelo de masculinidad dominante se ha resquebrajado”

El diccionario Merriam-Webster, una referencia lingüística en Estados Unidos, ha elegido la palabra “feminismo” como la más representativa de 2017, después de que las búsquedas del término aumentaran un 70% en un año. Fenómenos como la Marcha de las Mujeres de Washington y el movimiento de denuncia ‘Me too’, entre otros, han reabierto el debate en medio mundo sobre la violencia sexual, el respeto a la mujer y los estereotipos de género. Para el antropólogo experto en género Ritxar Bacete (Vitoria 1973), al hombre se le ha puesto un espejo delante. Y lo más sabio y coherente que ha de hacer es emanciparse, “liberarse del sexismo como limitador de la bondad, la empatía y la compasión”.

– Acaba de publicar ‘Nuevos hombres buenos’ (Península), un ensayo en el que habla del sexismo como limitador de las capacidades humanas. ¿Está planteando un nuevo humanismo del siglo XXI?

Los planteamientos emancipadores de los feminismos y de las capacidades humanas son coincidentes y se retroalimentan, ya que ambas propuestas se centran en el florecimiento, la realización y las libertades humanas, y tratan de responder a una cuestión fundamental: ¿qué es capaz de hacer y ser cada persona? Sería algo así como, que las personas puedan elegir o no llevar a cabo las prácticas que quieran desde su autodeterminación personal. La capacidad vendría a ser una especie facultad de libertad de opción que cada persona ejercería entre un abanico de posibilidades en una situación política, social y económica concreta. Así, promover las capacidades o la libertad de elección de los hombres y las mujeres consiste en promover áreas de libertad, que sería lo contrario a hacer que las personas funcionen en un determinado sentido, como sugiere e impone el esencialismo binario de género.

Las capacidades básicas de las personas son facultades innatas de cada una, o, como diría Amartya Sen: «Los seres humanos vienen al mundo con un equipamiento suficiente para múltiples “haceres” y “seres”». La capacidad, por lo tanto, sería la posibilidad de una persona de elegir entre distintas alternativas, por lo que el sexismo actuaría como limitante cultural de las capacidades humanas de primer orden al impedir que cada persona pueda optar en cada momento por las decisiones más adecuadas para su desarrollo personal.

En definitiva, ser hombre o mujer es actuar, hacer, comunicar, y esto, evidentemente, tampoco lo hacemos con los genitales. El sexismo como limitador de las capacidades humanas sería, especialmente para los hombres, un limitante de la bondad, la empatía y la compasión.

-Dice que en esta era quien ha de empanciparse es el hombre. ¿Cuál es el primer paso para liberarse? 

Hay que tener en cuenta que lo que hemos aprendido, naturalizado y absorbido en nuestros cuerpos sobre qué es ser hombre es aquella parte de la ideología dominante que pasa a forjar lo que somos, y que, por tanto, queda interiorizada, invisibilizada y naturalizada. Se trata de un proceso absolutamente «normal», ya que nuestro sistema nervioso central y los complejos sistemas neurobiológicos que nos constituyen, que habitamos y nos habitan generan estructuras biológicas que nos hacen confundir lo aprendido, la contingencia, con lo que podríamos llegar a ser, sentir o hacer. Por lo tanto, el primer paso para liberarnos como hombres, pasa por la toma de conciencia, que como la voluntad de acudir a un gimnasio después de año nuevo, requiere de tener consciencia, voluntad e ir después al gimnasio. Así, cuidar más, transformar y adecuar nuestros espacios profesionales para poder hacerlo, reducir nuestras jornadas, coger excedencias para atender a nuestros seres queridos, escuchar más a las mujeres que tenemos cerca…Son muchos los pasos que podemos dar, aunque el gran reto está en ser lo suficientemente constantes, como para que finalmente se produzca un cambio identitario.

Probablemente, aún no sea del todo visible la gran transformación que estamos viviendo, sobre todo a la luz de las contradicciones que presentamos los que nos identificamos como nuevos hombres o de la desigualdad que aún recuerdan las estadísticas, pero es más que probable que las nuevas generaciones de varones que hoy son niños sean una versión mejorada y ampliada de nosotros mismos. ¿Podríamos desear otra cosa? ¿Seríamos capaces de limitar conscientemente las posibilidades de ser de nuestras criaturas? ¿Hay algún hombre que sea capaz de defender la desigualdad como modelo? ¿Cuántos somos conscientes de que el bienestar que deseamos para el futuro pasa necesariamente por nuestra propia transformación?

“Ser hombre o mujer, es una invención humana, una construcción creada en base a los valores dominantes de una determinada época, por lo que puede (y debe) transformarse”.

– ¿En qué consisten las “nuevas masculinidades” que menciona?

Ni las viejas masculinidades son tan viejas ni las nuevas lo son tanto, pero nombrarlas nos ayuda a distinguir las dinámicas dominantes y los cambios. Condicionados como estamos por una visión evolucionista de la historia, con nuestra visión evolucionista, pensamos que cualquier cambio en los modelos establecidos implica o crea per se una realidad nueva. Pero cuando hacemos una revisión del pasado con perspectiva de género nos encontramos con que los hombres siempre hemos sido diversos. A pesar de que la dinámica hegemónica haya sido implacable con las disidencias masculinas (con especial virulencia y eficacia en el terrible siglo XX), también podemos ser capaces de rescatar dignos ejemplos de hombres pacíficos y cuidadores.

Ser hombre o mujer, es una invención humana –una construcción y no un destino- que ha sido creado, en base a los valores dominantes de una determinada época, por lo que puede (y debe) transformarse, sobre todo cuando las prácticas dominantes nos llevan a limitar y condicionar nuestras capacidades.

Aunque en el año 2008 colaboré en la redacción de la guía titulada Los hombres, la igualdad y las nuevas masculinidades para Emakunde – Instituto Vasco de la Mujer, siempre he sido crítico con la utilización de términos como «nuevas masculinidades», que por sí solos pueden dar lugar a fenómenos nefastos, como la asimilación de los conceptos sin la carga verdaderamente política o transformadora que precisan. Lo nuevo en las masculinidades pasaría inexorablemente por la apuesta de los hombres por mantener, propiciar e impulsar relaciones de equivalencia y equidad con las mujeres, desde el reconocimiento de los privilegios y el cuestionamiento de las relaciones de poder.

-¿Y las “masculinidades disidentes”?

El museo del Prado de Madrid, como muchos otros espacios donde se atesoran expresiones estéticas y artísticas, cuenta con ejemplos significativos de esas masculinidades disidentes que han existido siempre en menor o mayor medida, en nuestras sociedades actuales, así como probablemente en todas las culturas conocidas. Entre imágenes de hombres rudos, poderosos, reyes y batallas podemos encontrar escenas como la representada por Bartolomé Murillo de San José con el Niño, en la que se muestra a un padre implicado, cuidador y emocionalmente presente. El contraste es desgarrador cuando la comparamos con la obra de Francisco de Goya Saturno devorando a un hijo. Da igual el momento de la historia al que nos estemos refiriendo, porque siempre encontraremos en los márgenes masculinidades disidentes, pacíficas o cuidadoras. La mala noticia es que en ninguna de las etapas históricas, analizadas desde una perspectiva crítica, hemos encontrado un modelo hegemónico de masculinidad que haya sido pacífico y cuidador. Los ejemplos y prácticas disidentes están permitiendo consolidar la profunda transformación de la que estamos siendo testigos y protagonistas: la emergencia de otro modelo posible de masculinidades ‒que, hasta ahora, eran solo alternativas‒ capaz de generar una nueva masculinidad hegemónica de referencia.

Quiero compartir un ejemplo de masculinidad disidente que me parece muy tierno e ilustrativo. Como se refleja en El corto verano de la anarquía, en 1936, un amigo de Buenaventura Durruti intenta ridiculizarlo al encontrárselo con el delantal puesto en su casa. Durruti manifiesta: «Toma este ejemplo: cuando mi mujer va a trabajar yo limpio la casa, hago las camas y preparo la comida. Además, baño a la niña y la visto. Si crees que un anarquista tiene que estar metido en un bar o en un café mientras su mujer trabaja, quiere decir que no has comprendido nada.» Todo un ejemplo de masculinidades disidentes en plena Guerra Civil…

-Escribe que pese a todo “ese mundo que definía una forma rígida y patriarcal de ser hombre se ha ido derrumbando”… no tanto. Mire a Trump o a Putin.

El modelo de masculinidad dominante que en los últimos siglos cincelaba de forma implacable las identidades personales de cada uno de los hombres se ha resquebrajado, como si se tratara del casquete polar en tiempos de calentamiento global, pero esta vez debilitado y cuestionado por un cambio climático positivo, en el que la liberación y el empoderamiento de las mujeres ha sido la fuerza fundamental que ha promovido el deshielo de las identidades masculinas. Gracias a todos estos cambios, de la rigidez del hielo identitario masculino estamos pasando a un estado más plástico y flexible, incluso líquido en algunos márgenes. Es muy probable que por primera vez en la historia conocida de la humanidad se estén dando, al mismo tiempo, tanto el clima como las condiciones sociales favorables para el cambio, para una transformación ‒esa que está siendo y será‒ profunda e irreversible. Pero, como suele ocurrir en toda crisis de gran magnitud que se precie, las resistencias que tratan de impedir los logros y avances parecen multiplicarse.

En el desierto helado también se producen espejismos. Gracias a las inercias del pasado, los machismos, en sus distintas dimensiones, clases y tamaños, parecen seguir dominando las placas de hielo en las que habitan, aunque, como si se tratara de los últimos mamuts lanudos que vivieron en la isla siberiana de Wrangel, son conscientes tanto de su poder y sensación de dominio como de su implacable proceso de extinción. Es una crisis global que nos afecta a todos, independientemente de cómo nos situemos ante ella, pero en la que los poderosos se lo juegan todo.

Como consecuencia del deshielo, si ajustamos las lentes a la hora de observar la realidad, hoy en día podemos encontrar masculinidades disidentes compartiendo pista de baile con las renovadas hegemónicas de antaño. Y, titilando junto a ellas, allá en el firmamento o aquí cerca, performativizamos (hacemos, vivimos, soñamos, creamos) masculinidades diversas para varones finitos: hombres duros, blandos, sensibles, impasibles, violentos, cuidadores, empáticos, feministas, «machirulos», fríos, amantes, líderes, sinceros, revolucionarios, conservadores, callados, perdidos, radicales, pesados, torpes, poliamorosos, honestos, babosos, imperfectos, honestos, gays, heteronormativos, infieles, conscientes e inconscientes, simpáticos, poderosos, evasivos, crueles, corresponsables, acaparadores, infelices, satisfechos, bisexuales, queer, sensibles, en construcción, acosadores, en terapia, presos, desgenerados, acosados, mentirosos compulsivos, víctimas, verdugos… Y todo ello se produce en un baile complejo y contradictorio de las masculinidades en plural y de cada una de nuestras existencias en particular. ¿Alguno de nosotros se reconoce en estos hombres? Yo, en distintas dosis y éxito desigual, en casi todos.

“Muchos hombres temen tener que vivir en un mundo que ya no es el mismo, que es más diverso e igualitario que en el que nacieron y en el que saben que han de desenvolverse, quieran o no”.

– En el país más poderoso del mundo conviven mujeres que han creado un movimiento anti acoso sin precedentes y las que votan a Trump. Es un ejemplo pero ¿se puede hablar de avances globales, en sentido absoluto, con semejantes contradicciones?

Así de compleja y contradictoria se muestra en ocasiones la vida… Soy plenamente consciente de que, en tiempos que también son los de Trump, Putin y los extremismos religiosos, de rearme, de nuevas y dolorosas guerras o de los crueles e incesantes feminicidios, reivindicar la «era del feminismo» como algo logrado pueda resultar contradictorio. Estoy convencido de que la reacción de los angry white men («hombres blancos enfadados») es una señal positiva, consecuencia de la crisis de las masculinidades y que asusta a muchos hombres, pero que nos muestra que vamos por buen camino. Los miedos masculinos están directamente relacionados con el desasosiego que nos genera a muchos de nosotros ser conscientes de que vivir en igualdad conlleva, inexorablemente, perder nuestros privilegios (que son de todos). Muchos hombres temen tener que vivir en un mundo que ya no es el mismo, que es más diverso e igualitario que en el que nacieron y en el que saben que han de desenvolverse, quieran o no. La inmensa mayoría de nosotros apoyamos teóricamente (aunque mucho menos en la práctica) las relaciones de igualdad, pero de forma inconsciente nos da miedo relacionarnos con mujeres libres, porque sabemos que eso implica mirarnos al espejo, cuestionarnos y cambiar. Y no solo a los hombres enfadados les toca revisar su agenda de cambio, sino que también nos toca hacerlo a todos y cada uno de nosotros, los hombres de y para el siglo XXI, por muy igualitarios, feministas o buenas gentes que nos consideremos.

-Complicado articular un cambio global –y legislar- en sociedades tan heterogéneas y que avanzan en sentidos opuestos: más globalización o mayor repliegue; o con el auge de movimientos de ultraderecha, conservadores en lo social. 

El cambio siempre es complejo, no cabe duda, pero creo que merece la pena observar la realidad geopolítica, también el clave de género. Para muestra, un botón. En las elecciones generales celebradas en Austria en 2016, el ultraderechista Hofer, aficionado a las armas y contrario a la acogida de personas refugiadas en su país, obtuvo, de entre sus votantes, el 56 % de los sufragios de los hombres, frente a un 38 % de las mujeres. El candidato progresista Van der Bellen obtuvo su victoria gracias al voto de las mujeres, que le apoyaron en un 62 % (18 puntos por encima del apoyo de los hombres). Así, quienes inclinaron la balanza hacia la victoria del candidato de los verdes fueron las mujeres, y de una forma tan sustancial que nos hace pensar que existe un voto más marcadamente humanista, solidario y progresista entre el grueso de las mujeres, mientras que un sector significativo del voto masculino se inclina peligrosamente hacia posiciones extremistas, xenófobas, racistas o militaristas. Por otro lado, parece que los hombres más igualitarios votan por las opciones políticas más democráticas y defienden los derechos sociales y culturales de las personas. Aunque no sea una regla que se cumpla a la perfección, todo parece indicar que el cambio de los hombres hacia posiciones más igualitarias es también un factor de garantía para la defensa de la democracia y los derechos humanos. Pero esto lo analizaremos más adelante.

-En Japón la inclusión de la mujer en la actividad productiva ya se ve como crucial para desbloquear el estancamiento económico. El Estado pierde mucho dinero dándoles una educación y luego relegándolas al hogar. Parece más útil explicar lo anacrónico del sexismo apoyándose en criterios económicos.

Está claro que el feminismo o la lucha por la equidad no debería ser una cosa de mujeres porque todos tenemos derecho, y diría que la obligación, de aspirar a vivir en una sociedad mejor: la igualdad es decencia y debemos contribuir a hacer de la desigualdad, a todos los niveles, algo indecente, incómodo e insoportable. Estamos hablando de un problema de humanidad, de las posibilidades de desarrollo humano y de un modelo de sociedad, y no solo de una cuestión de desequilibrio entre hombres y mujeres, aunque superar ese desequilibrio sea el camino para lograr los cambios sociales y políticos que requiere la entrada plena en el siglo XXI.

El sexismo resulta anacrónico a todas luces. Cada vez contamos con más evidencia científica que ratifica la idea de que la inclusión de las mujeres en las actividades productivas, es un factor clave no solo para el desarrollo humano, sino también para el crecimiento económico. De hecho se estima que si las mujeres participaran en el mercado laboral tanto como los hombres, se estima que el PIB podría aumentar un 5% en Estados Unidos, un 9% en Japón, un 12% en los Emiratos Árabes Unidos y un 34% en Egipto. Se acumula la evidencia de que conceder licencia familiar con sueldo es bueno para los negocios: mejora la retención del personal y reduce su rotación, aumenta la productividad, sube la moral e incluso disminuyen el ausentismo y los costes de capacitación. Por no hablar de la pérdida de talento que se produce cuando las mujeres no están presentes en el mercado laboral en igualdad de condiciones con respecto a los hombres.

Los hombres somos una parte del mundo. La igualdad de género va en nuestro favor como hombres. Fundamentalmente, como sostiene Michael Kimmel, la equidad de género es el camino más eficaz para que los hombres vivamos la vida que deseamos vivir. Según lo atestiguan infinidad de estudios, la igualdad de género es buena para los países: aquellos en los que hay mayores indicadores de igualdad de género es donde hombres y mujeres viven más satisfechos, hay mayores índices de desarrollo humano, procesos más estables y sostenibles de desarrollo económico, un menor índice de violencia y donde las personas se sienten más seguras y felices.

“La igualdad es decencia y debemos contribuir a hacer de la desigualdad, a todos los niveles, algo indecente, incómodo e insoportable”

-¿Qué le diría a quienes –hombres y mujeres- creen que este debate está demasiado manido, que les aburre?

Les diría muchas cosas. La primera que el aburrimiento es propio de cada quien, y casi siempre una buena excusa para la inacción. Sin embargo, la ilusión, la esperanza o la confianza, nos conectan siempre con la acción, el compromiso y la transformación. Por lo tanto, tal vez no podamos cambiar todo lo que desearíamos del mundo, pero sí que podemos dar el primer caso y poner a nuestra actitud a remar a favor del cambio.

Como en cualquier otra circunstancia en la vida, tenemos la posibilidad de ver la botella medio llena o medio vacía. Mi opción personal y política es apostar por el optimismo ilustrado. No se trata de que automáticamente cualquier percepción de la realidad nos tenga que aparecer como positiva ni de que veamos la botella siempre medio llena o la igualdad medio lograda. Se trata de una apuesta operativa: el vacío y el líquido elemento son como las dos caras de la misma moneda, imprescindibles para que esta tenga valor y que son necesarias para conocer la realidad, lo logrado y el camino por recorrer. El vacío es fundamental como referencia de las limitaciones, retos y estrategias para llenarlo, pero lo que realmente nos interesa como elemento de transformación es conocer las dinámicas y mecánicas que han hecho posible el proceso de llenado, de empoderamiento, de equidad. Conociendo en profundidad la complejidad de estas dinámicas de «llenado», de logros y conquistas de los feminismos y las mujeres podemos aprender mucho más y mejor de las estrategias exitosas para multiplicarlas, reformularlas, adaptarlas y enriquecerlas.

Y buenas noticias, tenemos muchas. Por ejemplo, cuando los hombres empiezan a participar en los cuidados, a compartir los trabajos reproductivos, las relaciones de pareja mejoran y son más satisfactorias. Y, sobre todo, se expanden las posibilidades de las hijas e hijos de las parejas más igualitarias, que tienen mejores resultados académicos o enferman menos, y eso es lo que los hombres desean como padres. Los hombres con prácticas más igualitarias y cuidadoras en sus vidas son también más sanos y felices. Quienes cuidan a sus criaturas fuman menos y beben menos alcohol. ¿No creeis que merece la pena intentarlo?

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