“El éxito tiene más que ver con conocer los códigos sociales que con el esfuerzo”

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Sus reflexiones sobre por qué vivimos agotados e insatisfechos nacen en Estados Unidos, pero explican gran parte de las sociedades hoy. Anne Helen Petersen escribió en enero de 2019 un artículo viral en BuzzFeed sobre el síndrome de estar quemado (burn out) de los millenials, un cóctel de precariedad, agotamiento y expectativas falsas. Tuvo tanto éxito que siguió investigando. Y salió un libro, No puedo más (Capitán Swing, 2021). Desde una granja de Montana a la que se ha retirado con su pareja y sus dos perros nos habla del sueño americano, las dimisiones masivas que están trastocando el mercado laboral y lo perverso del ‘haz lo que amas’.

-De alguna forma tu ensayo conecta con La tiranía de la meritocracia, de Michael Sandel. De ese tema se está hablando mucho en todas partes últimamente, también en España. Cada vez más gente cuestiona que el ascensor social funcione. 

 

Mi hermano escribió su tesina sobre el mito de la meritocracia. Es un tema al que llevamos dándole vueltas mucho tiempo porque venimos de una familia clásica de clase media americana. Por un lado, nuestros padres fueron la primera generación en salir adelante como profesionales. Y nos rodeaba un ambiente en el que se decía que si éramos lo suficientemente inteligentes y nos esforzábamos lo suficiente, tendríamos éxito. Pero en nuestra ciudad había chavales igual de listos que nosotros, lo que pasa es que no tuvieron las mismas oportunidades que nosotros, que pudimos sacarnos el doctorado. Tiene mucho más que ver con conocer los códigos, los pasos que uno tiene que dar para subir la escalera, y con que alguien te los muestre.

 

¿En qué momento se rompió la relación esfuerzo-resultado, si es que alguna vez existió?

 

Creo que históricamente ha funcionado lo suficiente y eso ha hecho que la gente crea que funciona siempre. Las historias de gente que tiene buenas ideas, trabaja mucho y consigue tener éxito son las que salen en las revistas, las que se convierten en películas, en tema de conversación entre amigos. Pero por cada una de esas personas que lo logró hay tantos que no lo consiguieron… Y que trabajaron tan duro y que sin embargo sus negocios se fueron a pique… El capitalismo tiene mucho más que ver con contactos que con la capacidad de trabajo de uno.

 

El sueño americano fue una construcción artificial. ¿Funcionó? 

 

Yo solía usar el ejemplo del sueño americano al dar clase para explicar el concepto de ideología. Porque a veces parece que alguien vino con esa idea de sueño americano y la plantó en el debate, y nos la dio a todos para creer en ella. Sin embargo, hubo muchas ideas distintas que confluyeron: individualismo, ética protestante del trabajo, la creencia de que el capitalismo era la mejor forma de organizarse. Y ese sueño americano sí que funcionó durante un período breve de tiempo para los blancos. Para los no blancos, los homosexuales y las mujeres, es decir, los que no están llamados a tener éxito en Estados Unidos, los mecanismos para triunfar simplemente no estaban ahí.

 

La gente hoy muestra su insatisfacción sobre todo en las redes, ante una pantalla. ¿Se perderán las protestas callejeras? ¿En 20-30 años solo tendremos movimientos sociales virtuales?

 

Pues puede ocurrir de las dos formas: por un lado puede que el agua está hirviendo tan lentamente que no nos demos cuenta hasta que la gente esté realmente mal. Y que en ese momento no tenga el suficiente ímpetu para salir a las calles. O puede que ni siquiera se lo piense. Por ejemplo, con el aborto en Estados Unidos estamos viendo cómo perdemos derechos poco a poco. Y no ha habido un momento de ruptura en el que todo el mundo se haya plantado en la calle a protestar. Al mismo tiempo, las generaciones más jóvenes yo creo que están menos dispuestas a tolerar según qué cosas. Se plantean, por ejemplo, por qué tienen que ir a la Universidad o endeudarse. Y eso me da esperanza [se ríe].

 

O dimiten en masa…

 

Exacto. Eso me interesa mucho. Lo llaman La Gran Renuncia: muchos trabajadores están diciendo que no van a tolerar que los traten mal, a estar infra pagados, en condiciones inseguras. Y lo dejan. Tanto empleados de oficina como de restaurantes. Durante el covid para mucha gente fue la primera vez en este país que hubo una red de seguridad y desempleo, de ayudas, así que han podido ahorrar un poco. Lo suficiente para poder elegir que no les exploten en su trabajo, por ejemplo, por menos del salario mínimo. Estamos en un momento muy interesante.

 

Empieza a verse la educación universitaria de otra manera también. En Europa no tenemos el problema de deuda estudiantil de EEUU, pero el mercado laboral no absorbe la cantidad de personas que se licencian al año. ¿Animarles a una formación profesional es ser realista o cortarles las alas?

 

Es tan complicado… Y creo que tiene mucho que ver con que la gente que se dedica a oficios como la mecánica no recibe la imagen de ser imprescindible y valioso para la sociedad. La hemos descuidado. Le hablamos de manera distinta que si fuera, digamos, un profesor universitario. Yo creo que hay mucha gente que es muy buena resolviendo problemas, o con el trabajo manual, o resolviendo problemas porque tiene una determinada vocación. Y muchos se meten en una carrera de Comunicación de cuatro años porque creen que tendrán un futuro más seguro. Es un nudo muy complicado de desenredar. La gente tiene que hacer lo que quiera, claro, pero hay que despejar esa niebla que hemos creado de que lo más alto a lo que debemos aspirar es a la universidad.

 

En tu libro hablas de mucha gente que malvive escribiendo por unos pocos dólares por artículo. Hacen dumping profesional porque aceptan tarifas a la baja con tal de tener un lugar donde firmar. No les satisface. Han caído en la trampa del llamado salario emocional, pero no consiguen pagar sus facturas. Eso pasa aquí también.

 

Sí, es tremendo cómo hemos caído en la trampa del “haz lo que amas”.

 

¿Has encontrado la forma de hablarles a los jóvenes de forma realista sin ser cínica?

 

Yo creo que el trabajo es el trabajo. Es una parte de la vida. Pero no todo. Puedes imaginar lo que quieres hacer con ese resto de tu vida, ya sea escribir o cocinar o pintar. Cuando no haces de tu trabajo toda tu vida puedes cultivar esas actividades. También es importante quitarle ese punto de que todo tiene que ser perfecto, de profesionalizar las aficiones. Si yo pretendiera que mi jardín fuera perfecto como si tuviera que vender las flores, sería una presión tremenda. Como no es así, puedo fallar, puedo equivocarme y experimentar. Y eso es lo glorioso de la vida. En nuestras sociedades parece que el trabajo tiene que llenar todas las necesidades de nuestras vidas: le pedimos dinero, satisfacción intelectual, montar casi una familia con los compañeros… Y eso es porque no tenemos tiempo de hacer nada más.

 

En tu libro hablas de formas muy concretas de rebelarnos contra el vacío, olvidándonos, por ejemplo, del teléfono o de consultar frenéticamente las redes sociales. Pero esa es la parte que compete a los individuos. ¿Qué hay de la política? ¿O de la responsabilidad que hay que exigirle a las plataformas por diseñar estructuras adictivas?

 

Yo creo que vamos a ver cómo Google, Facebook y Twitter intentan mostrar cómo están intentando hacer las cosas bien y ponerle freno a ciertas cosas. Si atendemos a la historia de la regulación en Estados Unidos, y es algo que me interesa mucho porque hice mi doctorado sobre ello, el regulador ha hecho muchísimo en la industria de la comunicación. Luego vino el periodo de desregulación de los años 80 y 90. Hoy las plataformas insisten en que no son compañías de medios, pero eso no es así. Ahora bien, ¿las últimas revelaciones sobre Facebook, por ejemplo, van a forzar al gobierno a actuar? ¿Cómo vamos a regular a esas empresas de manera que cambien sus cualidades adictivas? ¿Cómo vamos a desmantelar estructuras demasiado poderosas? El problema es que la regulación hoy en Estados Unidos todavía se ve como un impedimento para crecer. Un obstáculo para que cada empresa llegue a dar lo mejor de sí misma. Y eso conecta en cierto modo con el sueño americano: la regulación va en contra del capitalismo. Para responder a la pregunta, yo creo que la solución pasa por trabajar con los dos niveles: el regulatorio, y también en el social e individual.

 

¿Cómo te ha cambiado escribir un libro sobre el síndrome del burn out?

 

Creo que escribir el libro me ha ayudado a identificar cuando estoy empezando a quemarme. Cuando me pasa, inmediatamente me salta una alerta y me obligo a bajar el ritmo. He aprendido a decir que no a muchas cosas. Y sobre todo ya no me siento una fracasada cuando me pasa. Como escribo sola, no tengo la presión de compararme con nadie.

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