Digitalización exprés: ¿Y si esta pandemia acelera la Historia?

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Digitalización exprés: ¿Y si esta pandemia acelera la Historia?

Voto electrónico, vigilancia policial a través de drones, teletrabajo, reuniones por Internet … Son nuevas reglas, improvisadas durante la pandemia del SARS COVID 2 que asola el planeta. Han modificado nuestro día a día rápidamente, sin dejarnos otra opción que adaptarnos de forma irreflexiva. Ahora, mientras el mundo se prepara para una desescalada bajo la amenaza de un posible rebrote, ¿cuáles de las nuevas prácticas digitales estamos dispuestos a incorporar de forma definitiva?

En Francia se habían usado antes drones para vigilar a los ciudadanos en situaciones justificadas antes de la pandemia, pero la novedad, según comentaba el cronista radiofónico Frédéric Says esta semana, es que ahora se emplean para ver si se cumplen las reglas de confinamiento en parques o playas. Se ha normalizado y no se debate sobre ello, simplemente se da por hecho. “Se hace un uso desacomplejado. A nuestra retina ya no le sorprende su presencia”.

Los gobiernos, muchos en pleno estado de alarma o similar, han tomado decisiones que hace meses se habrían juzgado abruptas y autoritarias, pero que hoy se ven ágiles y necesarias, y resultan incontestadas. Un ejemplo son las aplicaciones para teléfonos móviles que avisan a los usuarios de si han estado en contacto con un posible contagiado por coronavirus. Al respecto, Europa está dividida entre los países como Reino Unido, Noruega o Francia, que han optado por un sistema centralizado en un servidor controlado por el Gobierno, presuntamente menos respetuoso con la privacidad de los usuarios; y otros como Italia, Alemania, Austria o Suiza, que van a utilizar un sistema creado por Apple y Google y que despierta recelos por la información que puede dar a estas empresas en el futuro sobre nuestros contactos sociales.

¿Ha metido la pandemia un caballo de Troya digital en nuestras sociedades occidentales? La aceleración en la digitalización de las sociedades occidentales que está provocando, ¿impondrá una especie de políticas de hechos consumados digital, un nuevo mundo de relaciones entre los ciudadanos y de estos con los gobiernos que nadie ha pensado suficientemente. digitalización exprés

El teletrabajo es un buen ejemplo de ello. Los trabajadores lo veían como una opción para conciliar la vida familiar y laboral, evitar desplazamientos y reducir el presencialismo. Ahora, ha caído de forma repentina como una losa sobre decenas de millones de familias, que se ven obligadas a teletrabajar mientras cuidan a sus hijos, les ponen deberes y les hacen la comida. Ni existe una regulación coherente al respecto ni hay infraestructura suficiente en los hogares para tal tsunami digital. Además, no contamos con la suficiente cultura empresarial: un 27% de los españoles que han teletrabajado estos dos meses aseguran que han hecho horas extra y un número similar dice que sus superiores les han exigido más durante la cuarentena, todo según un estudio de Ipsos Digital.

Este panorama está provocando una importante aceleración en las empresas dedicadas al Big Data o la geolocalización, pero también de empresas de entretenimiento por streaming, como Netflix o Amazon, o de publicidad a cambio de contenidos, como el duopolio de Facebook y Google. Y esto les llega justo en el año en que se preveía una posible intervención en el mercado por su posición dominante. ¿Se frenará ahora?

Una de las preguntas que aún quedan por responder sobre esta digitalización exprés de la sociedad es si estamos preparados. Un ejemplo ha sido el auge y caída en el interés por las aplicaciones de videollamada. Ya se ha acuñado el término “Zoom fatigue” (cansancio de Zoom). “La explosión sin precedentes del uso de videollamadas [Skype, Zoom, Google Hangouts, WhatsApp, entre otras] por la pandemia ha lanzado un experimento social, que muestra para la población algo que siempre ha sido cierto: las interacciones virtuales pueden ser muy difíciles de llevar para el cerebro”, se lee en la revista National Geographic. En una videollamada se pierde casi todo el lenguaje no verbal de una reunión en la vida real, y eso nos priva de información vital para una adecuada comunicación. Además, la presencia simultánea de varias minipantallas con varios interlocutores impide que el cerebro se concentre en una persona, lo que produce estrés. Como no se suelen ver las manos o el cuerpo, la única forma de interactuar más allá de las palabras es a través de los ojos, pero la mirada puede ser intimidatoria al cabo de un rato.

La digitalización forzada a la que los países avanzados se han visto sometidos por la pandemia del Covid-19 puede dejar aspectos positivos. Nada impide que las empresas se hagan más flexibles al teletrabajo y menos al presencialismo, tras notar que no baja la productividad; ni que veamos y charlemos más con aquellos con los que no tenemos tiempo para quedar. Tampoco es necesario que esos abusos de autoridad digital a los que pueden verse tentados algunos gobiernos hayan llegado para quedarse. Pero si todo esto es así, lo será un poco por casualidad: porque esta digitalización forzosa no ha sido pensada, planificada ni calibrada. dejará frutos, pero también provocará daños colaterales, salvo que, acabada la pandemia, se mire hacia atrás, se deseche lo nocivo y se conserve y fomente lo aprendido. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar? ¿Hasta dónde hemos llegado ya sin saberlo?

 

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