Conjurado el ‘euroexit’… o no

Holanda, hace semanas. Francia, el domingo. Las amenazas parecen conjuradas, pero no deberían camuflar lo imposible de que las cosas sigan igual. Aunque no hayan triunfado, los populismos, que más oportuno sería llamar cabreos, anidan de forma no despreciable en el seno de la sociedad. Hay motivos, sin duda, para achacar falta de propuestas realistas a quienes los encabezan, o aducir que su mejor mérito es explotar el descontento frente a las derivas distorsionadoras del modelo, sean las propias democracias o la construcción de una Europa común, pero no será inteligente pasar por alto su capacidad de conducir la disconformidad hacia rupturas con más atractivo que la desilusionante continuidad. Todo acentuado, sin duda, por las consecuencias de crisis e incertidumbres que los partidos tradicionales y sus dirigentes no se revelan capaces de despejar.

Si exceptuamos el sobresalto del Brexit, existe la tentación de valorar que los europeos siguen apostando por formas de relativa estabilidad. A fin de cuentas, los franceses acaban de optar por un presidente surgido directamente del penúltimo gobierno del saliente Hollande. Y, fijados en el otro país cabecera de la Unión, el electorado alemán parece inclinado a revalidar el mandato de la canciller Merkel en los comicios del próximo otoño. Pero a ello debe sumarse lo que vienen revelando con tozudez las encuestas: apenas el 40 por 100 de ciudadanos comunitarios ve el proyecto común como solución; la mayoría siente que empieza a ser un problema, sobre todo en los países de más reciente incorporación. Leído de otra manera, domina la pulsión doméstica frente al deseo de compartir presente y futuro con los demás.

Probablemente, las causas sean varias, pero no es menor la actitud, tanto en los hechos como en los pronunciamientos, de los dirigentes de cada país. El sostenido esfuerzo de presentar los resultados de cada cumbre como victorias cuasi personales, acompañado de la esterilidad de la mayor parte de encuentros para abordar problemas comunes, no podían sino inducir que la inclinación social discurra cada vez más centrada en lo propio, acentuando la propensión a buscar culpables cuando las soluciones no acaban de aparecer.

Entre unas cosas y otras, la realidad es que el proyecto de construcción europea ha alcanzado un quizás insostenible punto de contradicción. Hace tiempo que, por encima de la esencia solidaria que animó su gestación fundacional, sobrevuela una práctica más próxima al sálvese quien pueda que tantas catástrofes acabó por generar en épocas pasadas; justo lo que sus impulsores quisieron evitar tras el horror de la Segunda Gran Guerra. No quiere decir, en absoluto, que el riesgo presente sea nada parecido a volver a las andadas bélicas, pero sí que el proyecto mismo puede saltar por los aires, a no ser que recupere toda o parte de aquella preocupación.

Puede, aunque no debería, sonar demasiado idealista o acaso sentimental, pero se compadece con otra evidencia, muy superior si cabe: los problemas e incertidumbres son hasta tal punto enjundiosos y compartidos que sólo tendrán solución con decididos esfuerzos y voluntad de cooperación.

Perpetuar la dicotomía instalada entre virtuosos y manirrotos puede servir, de hecho sirve para concitar adhesiones y aplausos entre los propios; tanto o más que su contraria, diferenciando egoístas insolidarios y victimas obligadas de su perversidad. Pero una y otra no hacen sino profundizar la brecha y hacer menos atractiva la andadura común.

Emmanuel Macron ocupará el próximo domingo su despacho presidencial en El Elíseo para al menos los próximos cinco años. Llega con no pocas promesas de cambio y reformulación, también para una Unión Europea de cuya defensa hizo eje central de su campaña electoral. Es evidente que no podrá hacerlo solo, por lo que la incógnita se traslada a si alguien más lo acompañará. O, por expresarlo más concretamente en clave comunitaria: ¿aportará liderazgo para reavivar un eje franco-alemán o cualquier otro capaz de impulsar cambios de verdad?

Cada derrota de los inclinados a abandonar la Unión da sin duda un respiro, pero si no se utiliza para dar impulso a una corrección sustancial de la reciente deriva comunitaria, el euroexit masivo puede acabar siendo verdad.

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