China: ¿tenía razón Karl Marx?

Xi Jinping quiere rescatar la figura del filósofo alemán, aunque en la segunda economía del mundo de dictadura del proletariado se ve más bien poco. 

En la Simeonstiftsplatz de Trier, la ciudad donde Karl Marx pasó los primeros 17 años de su vida, se erige desde el mes pasado una imponente estatua del filósofo para conmemorar el segundo centenario de su nacimiento. Casi cuatro metros y medio de bronce que han puesto al gobierno alemán en una posición comprometida: la obra, del artista chino Wu Weishan, se trataba de un regalo de gobierno de Pekín.

China es la segunda economía del mundo, estrella invitada en el foro económico de Davos el año pasado, donde quiso mostrarse mucho más amable con la globalización que los Estados Unidos de Trump. Sin embargo, su primer ministro Xi Jinping subraya sin complejos que el marxismo es su base ideológica. De hecho está en campaña por destacarlo. Por romper con esa idea de que con la apertura de Deng Xiaoping a finales de los años 70 China aparcó el marxismo y se volvió práctica. En su discurso con motivo del aniversario de Marx en el Gran Salón del Pueblo de Pekín, ante miles de funcionarios, calificó al filósofo como el mejor pensador de todos los tiempos. “El rejuvenecimiento nacional de China no podrá lograrse sin el pensamiento teórico; el marxismo siempre ha sido la ideología que ha guiado a nuestro partido y a nuestro país” subrayó, en un aviso a navegantes.

La teoría marxista es una asignatura obligatoria en China hasta la universidad. Es muy raro encontrar a un estudiante que vaya a esa clase por gusto y que no aproveche para leer otros libros, enredar con su móvil o, directamente, echarse una siesta. Los chinos dan por hecho que es una troncal obligatoria y memorizan el temario, igual que tuvieron que leerse sin ganas el Libro Rojo de Mao.

Una de las labores del Partido es conectar con esos descreídos que saben de las crecientes desigualdades de su país –un cuarto de la población solo posee el 1% de la riqueza, según un estudio de la Universidad de Pekín- y que sufren cada vez más para encontrar trabajo. Desde el gobierno se han apoyado hasta canciones de rap patrióticas para seducir a las nuevas generaciones.

El aniversario de Marx ha sido la nueva excusa. En la televisión pública CCTV se ha estado emitiendo un concurso de preguntas y respuestas (‘Marx tenía razón’) dirigido a los millenials. En plató, jóvenes aplicados que aplauden cuando se les pide. Nada que ver con la media, que suele considerar soporífera la cadena estatal y consume exclusivamente contenidos online. Los cinco episodios del programa, en los que han trabajado asesores de propaganda, se han publicitado en todas las webs del Partido Comunista. Una de las ideas-fuerza es que China se basa en los ideales de igualdad del marxismo. En los medios oficiales se ha hecho hincapié en lo mismo. “Marx siempre predijo que podría darse un tipo de socialismo que combinara principios socialistas con los logros de las civilizaciones capitalistas occidentales, pero no especificó cómo funcionaría este sistema ya que durante el periodo en el que vivió no se dio ninguna evidencia de ello”, escribía hace unas semanas Su Wei, profesor de ideología del PCCh en Chongqing. “Al convertir China en un país próspero y desarrollado, el socialismo con características chinas prueba la predicción de Marx”.

Desde que llegó al poder en 2013, el primer ministro Xi Jinping ha querido reforzar el contraste entre el modelo chino y el capitalismo occidental. Aunque para muchos analistas, por mucho que Pekín se autodefina como “socialista con características chinas”, no deja de ser un capitalismo de Estado. Xi insiste siempre en las llamadas cuatro certezas: el camino, la teoría, el sistema y la cultura. Y ha trazado con mayor fuerza las líneas rojas que no pueden franquearse para no caer en desgracia. Una de ellas, el sistema de partido único. Como Mao, Xi ha vuelto al Partido-Estado.

“El presidente Xi ha reavivado el marxismo, blandiendo la ideología ante los disidentes y usándolo para proporcionar una justificación intelectual a la línea cada vez más dura del Partido”, escribe el columnista Stephen Vines en el South China Morning Post. Recientemente Xi ha modificado la Constitución para eliminar el límite de los dos mandatos y perpetuarse el poder.

Si bien China tiene cada vez más peso en el mundo, dentro de su territorio el control se ha intensificado y de la lucha de clases marxista se ve bien poco. Cada año se producen miles de manifestaciones de trabajadores por mejorar sus condiciones; muchos acaban detenidos. La protesta se paga cada vez más cara: desde 2015, más de 300 detenciones y arrestos de activistas, abogados y disidentes. Las redes sociales están más controladas que nunca y los funcionarios periódicamente se ven obligados a redactar autocríticas. No en la China de la Revolución Cultural, sino en la de las fintech, el blockchain y los discursos pro globalización. Eso sí, una China basada en Marx.

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