Reproches intergeneracionales, edadismo bidireccional

Decía Marcel Pagnol que nos volvemos viejos cuando los jóvenes nos abandonan. Poco a poco las sociedades occidentales envejecen y la conversación pública, inevitablemente, debe lidiar con esa realidad. Al mismo tiempo, los jóvenes se enfrentan a un futuro cada vez más incierto. Los debates como la reforma del sistema de pensiones, las residencias y la discriminación por edad son urgentes e ineludibles. Pero la sociedad de la longevidad no puede permitirse obviar a quienes aún no han cumplido los 40. Si miramos, por ejemplo, a dónde va el gasto público, la discriminación por edad recae en los más jóvenes. Ellos son los que menos dinero reciben, con los datos en la mano. También están siendo los últimos en la cola de la vacunación, algo lógico al ser menos vulnerables, y sin embargo sienten que se les ha tratado con excesiva dureza.

 

¿Ha empeorado la opinión que tienen los jóvenes de los mayores, y viceversa?

 

El sociólogo francés Michel Bilé, experto en las dinámicas intergeneracionales, se preguntaba hace unos días en la revista Élephant si las fricciones provocadas por la pandemia serán pasajeras o el síntoma de una ruptura mental de unos ciudadanos con otros. Se basaba en un sondeo realizado por la consultora Odoxa según el cual el 70 por ciento de sus compatriotas mayores de 65 años cree que los jóvenes no se dan cuenta de lo difícil que es ser mayor. Lo interesante es que el 57 por ciento de los menores de 30 afirma exactamente lo mismo de los jubilados. “Uno de los efectos imprevisibles de la covid-19 está siendo enfrentar a una generación contra otra, en base a una pregunta que no se enuncia en voz alta pero que siempre subyace: ¿acaso la vida de unos tiene más valor que la de los otros?”, apunta Bilé.

En España el grupo de edad más vulnerable económicamente no son los jubilados, sino los jóvenes. Una de cada tres personas de entre 20 y 29 años está en riesgo de pobreza o exclusión social, frente al 16 por ciento de los mayores de 65 años. Estos datos son compatibles con que, en términos generales, la población vive mejor que hace medio siglo: han mejorado las condiciones sanitarias y educativas. Los problemas hoy son más bien de acceso a la vivienda, y de perspectivas laborales limitadas, cuando no exiguas. El Banco de España subrayaba su sobrerrepresentación en sectores como la hostelería y la construcción, especialmente afectados por los contratos temporales y las restricciones anticovid. Aun así, matiza el politólogo Pablo Simón, editor del Informe Juventud en España, no todos los jóvenes sufren los mismos problemas: son un grupo heterogéneo, tanto en sus intereses como en sus condiciones de vida. Lo común para todos ellos, entre otras cosas, es que el ascensor social está averiado.

El gran nudo es la relación entre empleo y pensiones: hasta 2019, el SMI era menor que la pensión mínima. Y un 18 por ciento de los asalariados cobra el SMI o menos. Hoy la relación pensionistas/cotizantes es de 2 a 1. Y la distorsión será aún mayor cuando se jubile la generación del baby boom, algo que pretende corregir el mecanismo de equidad intergeneracional. No tiene sentido que el trabajador activo reciba menos que el pasivo. Al mismo tiempo, hay que prevenir otra realidad cruda como la pobreza entre los mayores.

El juego de equilibrios es complicado y afecta a todos los países que alcanzan el bienestar económico: envejecen sin remedio. En Italia, la tasa de nacimientos el año pasado experimentó su mayor caída desde 1861; en Francia, el mínimo desde la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos, Reino Unido, Japón y Corea del Sur viven una realidad similar. Incluso China, que hasta 2015 aplicaba la política del hijo único, ahora anima a las parejas a tener tres porque su demografía es insostenible. Al margen de las diferencias políticas y de estructura social, en todos esos países se está debatiendo sobre la solidaridad intergeneracional y la responsabilidad de Estado y empresas a la hora de gastar y de invertir.

El teólogo irlandés Alexander Carson afirmaba que siempre somos los viejos de alguien y los jóvenes de alguien. La sociedad solamente existe en base a la suma de generaciones que construyen la Historia. Puede que no concibamos la vida del mismo modo, pero convivimos. ¿Qué esperamos los unos de los otros?

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Baño de tecno-realidad

Baño de tecno-realidad

Las criptomonedas, las subastas de arte exclusivamente digital, la nueva cultura de los memes… Internet no es solo un soporte, sino un fin. Ha cambiado nuestra forma de ver el mundo. ¿Qué hay de nuestra percepción de la Red? ¿Somos más sabios? ¿Conocemos mejor el universo tecnológico que antes de la pandemia?

Hace unos días, Jeff Bezos, abandonó su puesto como consejero delegado de Amazon para dedicarse a su gran ilusión: otra empresa que le ayudará a explorar el espacio. Bezos pasará a la historia como el genio que consiguió pasar de una pequeña distribuidora de libros a domicilio a un mastodonte omnipresente, no solo en retail, sino en muchos otros negocios como la nube. Deja el gigante del comercio electrónico en una posición de dominio absoluto del mercado, sobre todo a raíz de la covid-19, los confinamientos y el impulso definitivo de la compra online. Como compañía, Amazon tiene una trayectoria apasionante: su algoritmo de recomendación A9 es un caso de estudio, gracias a su logística potente lleva pedidos a lugares remotos en tiempo récord y ha creado miles de puestos de trabajo. Pero también es el grupo que ha exprimido al máximo a sus competidores (muchos han terminado cerrando), el que apenas paga impuestos e impide a sus empleados sindicarse.

Todo eso lo sabemos hoy. Lo más interesante a la hora de analizar a los gigantes de Silicon Valley es justamente eso: nos hemos quitado la venda y la utopía tecnológica californiana ya nos resulta irreal. Somos conscientes de que las plataformas tecnológicas son infraestructuras clave que han generado muchísimo valor. Las llamadas GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) han cambiado nuestra forma de comprar, trabajar y relacionarnos en Occidente. En Asia han sido las llamadas BATX (Baidu, Alibaba, Tencent y Xiaomi) las que han revolucionado todo el tejido productivo. A todas les debemos millones de empleos, innovación, procesos… Y al mismo tiempo, no podemos sustraernos de los efectos negativos que ha provocado su avance, desde el aumento de la desinformación a las distorsiones en el mercado inmobiliario.

La Red ya no se asocia a contracultura ni al anticapitalismo (salvo reductos muy contados): es puro mainstream. Como dice Anna Wiener, periodista y autora del ensayo autobiográfico Valle inquietante (Libros del Asteroide, 2021), en algún momento Silicon Valley se convirtió en un lugar antiintelectual que premia la velocidad y la capacidad de monetización por encima de la observación y la investigación. En los últimos cinco años se han publicado investigaciones como la de Sarah Frier (Sin filtro: la historia secreta de Instagram, Conecta, 2020) o Chaos Monkeys, de Antonio García Martínez (Harper Collins, 2016).

Estamos, pues, en el mejor momento: el del análisis informado. Ya sabemos que el “muévete rápido y rompe cosas” de Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, tuvo sentido hace 15 años, pero ya no. La edad de la inocencia del público ha terminado: ahora los legisladores hablan de romper el oligopolio de las plataformas y de derechos laborales de los empleados. Las instituciones como la Unión Europea les piden responsabilidades a la hora de diseminar ciertos contenidos. El público exige cierto respeto de su privacidad, o al menos saber qué ocurre con sus datos. A partir de aquí, solo podemos ir a mejor.

 

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¿Penaliza el ecologismo a las clases populares?

¿Penaliza el ecologismo a las clases populares?

La subida del precio de la luz está poniendo en evidencia que salvar al planeta es caro, sobre todo para las rentas medias y bajas. Incentivar el consumo en horas valle permite tener una curva de la demanda más plana y sostenible, pero los más perjudicados son quienes no pueden planificar sus consumos tan fácilmente o cambiar sus electrodomésticos por otros más eficientes. Poner la lavadora de madrugada no supone un problema en una vivienda unifamiliar; en un piso pequeño, cuesta la enemistad con los vecinos. El conflicto surge cuando hay que pasar de los lemas generalistas que casi todo el mundo haría suyos (“salvemos el planeta”, “reduzcamos las emisiones de CO2”) a las acciones que impactan en nuestra calidad de vida. Por ejemplo, si no podemos coger el coche para trabajar porque el acceso al centro de una ciudad está restringido a los vehículos más contaminantes, y coger el transporte público nos supone una hora más de desplazamiento al día.

Lo cierto es que las medidas para salvar el planeta son bastante regresivas. Pronto veremos más impuestos a los vuelos para reducir las emisiones de CO2. El avión será más caro y terminará con la democratización del turismo de largo alcance. La alternativa verde es el tren, pero sigue siendo muy caro, al menos en España. La liberalización del mercado ayudará a bajar los precios, aunque está todavía en una fase temprana. En todo caso, no permite viajes intercontinentales. ¿Terminará la época del turismo para todos los bolsillos?

En el plan de recuperación español también se contempla una subida del precio de los carburantes. El futuro está en los vehículos eléctricos, más eficientes, pero más caros. En 20 años, se pretende dejar atrás los motores de combustibles fósiles. Pero, entretanto, aumentará la brecha, a menos que se respalde a quienes no puedan permitirse lo sostenible.

El sociólogo francés Jean-Baptiste Comby lleva años estudiando el impacto del discurso ecologista en la sociedad y cree que los planes verdes suelen olvidarse de quienes ganan menos. Pone como ejemplo la revuelta de los chalecos amarillos en su país, que comenzó con una subida en el precio de los carburantes en noviembre de 2018 y fue arrastrando, como una riada, a cientos de miles de ciudadanos descontentos. Una medida verde encendió la chispa del descontento macerado durante años entre votantes de todo el espectro político: obreros, autónomos, jubilados, estudiantes… Poco a poco, el malestar se fue mezclando peligrosamente con el discurso populista y la desafección. En muchos casos sin querer, los chalecos amarillos, han reforzado a la extrema derecha de cara a las elecciones francesas del año que viene.

La Unión Europea tiene como reto no solo una transición ecológica firme, sino evitar que el medioambiente entre en las guerras culturales. Gobiernos y empresas deben cuadrar las cuentas para que las clases medias y bajas no perciban que son quienes pagan la factura de un cambio ineludible.

 

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Valores para afrontar el futuro

Constataba hace unas semanas Víctor Lapuente en El País que los dos líderes progresistas más influyentes del mundo, el Papa Francisco y el presidente estadounidense, son devotos católicos. Y que el catolicismo, que no necesariamente va de la mano de la izquierda, puede ser un ingrediente interesante que mezclar con el progresismo. Y es extensible a casi todo el G7: seis de los siete líderes más poderosos del planeta se declaran cristianos en público y sus discursos coinciden en varios puntos clave con los del Vaticano. ¿Influirá esto en la política postpandemia? ¿Afrontarán los líderes mundiales la reconstrucción económica y social desde una óptica más solidaria, más caritativa y menos individualista?

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Y después del túnel, ¿qué?

Con el avance de la vacunación se está instalando una sensación de tranquilidad, una especie de calma de fin de ciclo. El optimismo, necesario y bienvenido, nos permitirá coger impulso para afrontar el próximo curso. Sabemos que la pandemia nos dejará secuelas económicas y anímicas que tardaremos años en superar. Pero tomemos nota de algo clave: se están generando debates necesarios que van a contribuir a la cohesión del futuro.

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Arte, internet y humo

disaster girl
Foto: Dave Roth

Io sono es el título de la obra que el italiano Salvatore Garau vendió la semana pasada por 15.000 euros. El artista, encantado con haber generado eco mediático, dice que quería iniciar una pequeña revolución. Pide que su “vacío”, como él mismo ha denominado, se exponga en un espacio de 150×150 centímetros, la superficie ideal de aire para conseguir su máximo potencial.

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De Bielorrusia al precariado

Hace unos días, el presidente bielorruso Alexander Lukashenko ordenó a un avión de Ryanair que volaba de Atenas a Vilna que se desviara y aterrizara en su territorio para detener a un periodista disidente. Roman Protasevich, de 26 años, estaba en una lista de personajes buscados después de las protestas masivas de 2020 en la ex república soviética. Ahora se enfrenta a 15 años de cárcel. El incidente ha generado tensiones entre Minsk y la Unión Europea: (Bruselas se plantea sanciones) y tendrá implicaciones en varios ámbitos como la diplomacia, la seguridad del espacio aéreo, y la libertad de prensa. Pocos días más tarde, Lukashenko, conocido como el último dictador de Europa, prohibió la cobertura de manifestaciones en tiempo real. Una forma de eliminar cualquier actividad informativa en redes, que viene siendo la mayor parte de la información en el siglo XXI.

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Discriminados digitales

discriminados digitales

Discriminados digitales

Muchos temas que se plantean en campaña, una vez pasado el frenesí electoral nunca se resuelven. La Asociación Provincial de Mayores y Pensionistas de Madrid lo resumía así antes de las elecciones madrileñas. Los partidos están digiriendo, para bien o para mal en cada caso, los resultados, y encima de la mesa siguen problemas estructurales como la soledad no deseada, la discriminación por edad y el modelo de cuidados. También una brecha digital que se amplía sin parar.

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Bienvenidos al éxito de lo aburrido radical

aburrido radical

Bienvenidos al éxito de lo aburrido radical

El giro copernicano, lo han llamado algunos. Varios planes de rescate de la economía estadounidense dotados con casi cuatro billones de dólares en total, que la Casa Blanca pretende sufragar, entre otros, gravando a las rentas altas. El viraje de Joe Biden en sus primeros 100 días de mandato ha sido más que notable. Desde el año 93 ningún presidente se había atrevido a una reforma fiscal semejante. A Clinton le había salido caro. El hecho de que hoy Washington desmienta categóricamente la doctrina de la economía del goteo y entienda que para pagar la factura de la pandemia no solo basta endeudarse, sino que se necesita recaudar más, es un punto de inflexión.

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