Bitcoin: cuestión de confianza

En un vertedero de la ciudad galesa de Newport está enterrado un disco duro que hoy valdría 85 millones de dólares. Su propietario, James Howells, es un desdichado millonario frustrado que lo tiró por error durante una mudanza en 2013 con el código almacenado de 7.500 bitcoins. Hoy está pensándose pagar por la tarea titánica de limpiar el terreno, teniendo en cuenta que la reina de las criptomonedas sigue aumentando de valor (a principios de este mes rozó los 14.000 dólares por unidad).

Howells, ingeniero informático, era uno de tantos amantes de la tecnología que hace una década se pusieron a generar bitcoins en el ciberespacio. Un pionero del “minado”. Si en un sistema monetario tradicional el dinero lo imprimen las autoridades, en el de las criptomonedas este se encuentra o se “mina”, como se dice entre expertos. Los mineros ponen sus ordenadores a trabajar en un complicado sistema de resolución de acertijos que, por simplificar, demanda mucho tiempo y energía, y resulta en un código que se añade a los anteriores, alimentando el sistema y proporcionando el premio: en el caso de bitcoin, 12,5 unidades. Hace unos años esta podía ser una ganancia menor; hoy supone una fortuna, de ahí que hayan proliferado los pools de mineros, que asocian la potencia de sus ordenadores para buscar, las granjas de minado e incluso las intromisiones maliciosas en ordenadores ajenos a los que se pone a trabajar como zombies para buscar ese preciado código.

Se dice que 2017 ha sido el año del bitcoin y de sus competidores, más de 700 criptodivisas con las que se pueden adquirir activos tan tradicionales como una casa. La criptoeconomía, dicen algunas voces –interesadas, claro-, podría superar los 10 billones de dólares en 2025. Aunque también podría venirse abajo como un castillo de naipes: ningún banco central la respalda, ningún regulador la supervisa, y su valor emana de los propios usuarios que la utilizan para sus transacciones, de ahí su gran volatilidad. Además, no se podrá “minar” para siempre: el sistema solo permite que se generen 21 millones de bitcoins. Una cifra arbitraria, como el consenso sobre el que al fin y al cabo se basa todo sistema monetario.

Más allá de la fiebre especuladora, de los titulares a favor y en contra del bitcoin, aquí subyacen dos cuestiones apasionantes. La primera es la innovación: la tecnología de bloques o blockchain, sobre la que se desarrollan las criptomonedas. Una base de datos que sería algo así como un libro de contabilidad en piedra, con apuntes ordenados cronológicamente, que no se puede modificar ni borrar. No queda almacenada en un registro al uso, sino en cadenas de bloques sellados y enlazados con los anteriores. Puede aplicarse a muchos ámbitos más allá del dinero: a los seguros, a las compraventas inmobiliarias, a los historiales clínicos…

El segundo pilar del bitcoin es su filosofía outsider. Oficialmente el bitcoin nació con aquel artículo del misterioso Satoshi Nakamoto (una identidad falsa- podría ser un hombre, una mujer, un colectivo) en 2008, pero diez años antes un grupo de mentes brillantes en la costa oeste de Estados Unidos ya coqueteaba con la idea de crear un estado paralelo en Internet. Muchos, aunque no todos, abrazaban ideas libertarias al estilo estadounidense, que aboga por reducir el Estado a la mínima expresión y eliminar la Reserva Federal, pero no es necesariamente progresista en lo social. Apasionados por la tecnología, no se fiaban “del sistema”. Empezaron a compartir conocimientos a través de una lista de correo llamada Cypherpunks. Y de ahí nació la idea de un universo en el que los estados no tuvieran nada que decir –y páginas como Silk Road, en las que de forma anónima se lavaba dinero y se comerciaba con armas y drogas. Por cierto que al administrador, Ross Ulbrich, que hoy cumple cadena perpetua en EEUU, se le confiscaron 144.000 bitcoins en 2013.

Las criptomonedas nacieron por desconfianza. Pueden hundirse por el mismo motivo.

 

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