Edición genética, pesadillas con Hitler y el método CRISPR

Edición genética, pesadillas con Hitler y el método CRISPR

Jennifer Doudna co-descubrió hace cinco años una técnica de edición de genes humanos a la vez eficaz y barata, conocida como CRISPR. Esta profesora de Berkeley de 53 años, doctora en Bioquímica por Harvard, no se imaginaba que su hallazgo iba a suponer un salto de gigante en la modificación del ADN para combatir enfermedades. Con ella el MIT de Estados Unidos ha logrado curar una enfermedad hepática en un ratón, y el Gobierno ha dado el visto bueno para un ensayo que pretende curar tres tipos de cáncer.

Doudna, sin embargo, tiene pesadillas con su invento. En una de ellas, un prestigioso científico le dice: “Hay alguien muy poderoso al que quiero que conozcas para explicarle cómo funciona tu tecnología”. Esa persona poderosa es Adolf Hitler, confiesa la investigadora en una entrevista para el New Yorker (‘Los hackers del código genético’). “Me desperté sudando, y desde entonces ese sueño me persigue, porque es fácil imaginar las cosas horribles que Hitler habría hecho con esta tecnología”. Y concluye: “Cuando yo tenga 90 años y mire atrás, ¿estaré contenta de lo conseguido con esta técnica, o desearé no haberla descubierto nunca?”

El método CRISPR puede suponer el mayor acelerón hasta la fecha en la manipulación genética. ¿Derivará en la selección de bebés más fuertes, más sanos, más inteligentes?

Una carrera similar a la espacial

Todo comenzó cuando Doudna y otros dos científicos se fijaron en el mecanismo de unas bacterias para destruir el ADN de los virus que las atacaban. Básicamente, estas bacterias eran capaces de marcar, cortar y eliminar o cambiar partes del código genético del atacante, hasta destruirlo, evitando así las mutaciones en el propio código.

Pensemos en el código genético como un documento de Word en el que hay unos 6.000 millones de letras, componentes químicos del ADN, cada capítulo sería uno de los genes, según explica el periodista científico Carl Zimmer en la última edición de The Enquire de la BBC. En esa imagen, la técnica CRIPR (siglas en inglés, Nucleasas de Secuencias Palindrómicas Repetidas Inversas) lo que haría es seleccionar, cortar y reemplazar un gen defectuoso por uno sano. Por eso se la conoce como el “copia-pega” en la edición genética.

La técnica podría suponer el premio Nobel para las autoras. Por su bajo coste y alta eficacia, es un enorme acelerador de los avances de la era de la Edición Genética en la que vivimos desde hace cuatro décadas, o dos si se considera el nacimiento por clonación de la oveja Dolly.

El problema es que se ha avanzado tanto en esta era genética, y se trata de un asunto tan sensible (podría desembocar en prácticas nocivas como la selección de los hijos por factores no relacionados con enfermedades, riesgos de mutaciones heredadas y otros aún por descubrir), que hoy por hoy existe un consenso internacional ni nada que se le parezca. La edición genética está prohibida en Alemania o permitida y regulada en Reino Unido. En China simplemente leemos directrices, pero no se ha legislado al respecto.

Precisamente del desregulado gigante asiático están llegando algunos de los avances más significativos en edición genética gracias al CRISPR.

El pasado mes de marzo, un equipo de investigadores chinos anunció públicamente la modificación genética de un embrión humano vivo y viable usando esta técnica. Los científicos habían implantado deliberadamente ciertas enfermedades genéticas raras para después eliminarlas a través de CRISPR. Era la primera vez que se publicaba en una revista científica esta controvertida modificación de un embrión humano normal. En 2006, un biólogo sueco, Lanner told Rob Stein, reconoció haber manipulado el genoma de un embrión humano y afirmó que es una práctica que realizan varios grupos de investigación “de forma clandestina”.

La investigación continúa, en cualquier caso. En la edición de junio de la revista Nature, un equipo estadounidense muestra cómo ha usado CRISPR para grabar información en la cadena genética de un cultivo de bacterias. En esencia, han borrado parte de los genes y han incrustado ahí la información necesaria para reproducir una película digital corta, la famosa imagen en blanco y negro de un caballo y su jinete cabalgando.200

Han sustituido las “letras” de uno de los genes del documento de Word que representa el ADN por los “valores en píxel de imágenes en blanco y negro”, todo para “explorar la frontera de los límites técnicos del guardado de información”. Las células, convertidas en un disco duro.