Clima: en busca de un plan B

Clima: en busca de un plan B

La realpolitik se ha impuesto. Por mucho que los grandes países deploren la decisión del gobierno estadounidense de abandonar el Acuerdo de París por el clima, nadie quiere llevarse mal con Washington. Angela Merkel no ha conseguido que los 19 miembros del G20 suscriban una declaración conjunta antes de la cumbre que los reunirá en Hamburgo a principios de julio. Bastante tiene Japón con su propia coyuntura y las tensiones en Corea del Norte. Lo mismo opina Theresa May, que necesita todos los apoyos posibles para navegar en su Brexit duro.

Canadá también ha declinado sumarse al pulso, para decepción de la Canciller. A menos de dos meses de que comiencen las renegociaciones del Nafta, Justin Trudeau no lo ve oportuno. Comercio y clima no deberían mezclarse, ha venido a decir el primer ministro, pero con Trump no queda más remedio, ya que lo lleva todo al terreno personal.

La “piedra angular de la cooperación entre países”, como llamó Macron al acuerdo del clima, finalmente no era tan angular.

Quien sale beneficiada de todo esto es Pekín. En Zhongnanhai, La Moncloa china, han conseguido dos baños de ‘soft-power’ en menos de un año: el primero, en Davos, cuando Xi Jinping se mostró ante el mundo como nuevo adalid del libre comercio. El segundo, al proclamar su compromiso con el medio ambiente a pesar de ser el mayor emisor mundial de contaminación. Un ‘soft power’ que China llevaba años persiguiendo. Ni abriendo 500 institutos Confucio en medio mundo ni pagando millones por colocar a su agencia de noticias Xinhua entre los mismísimos neones de Times Square logró tan buena prensa. En el imaginario occidental no consta que China en 2015 invirtió el doble que EEUU en energías limpias -si comparamos la inversión doméstica en cada país-; o que cinco de los seis mayores fabricantes de paneles solares, así como el mayor fabricante de turbinas, son chinos. Finalmente ha sido Donald Trump quien le ha servido esta victoria en bandeja.

Los que pierden, de momento, son los que apuestan por que la nueva economía sea la verde. Elon Musk, que trata de convertirse en el próximo Henry Ford y se ha puesto como objetivo construir millones de coches eléctricos, y llenar las paredes de las casas de paneles solares y baterías, se retiró de su puesto de consejero del presidente Donald Trump como protesta por la salida de Estados Unidos del acuerdo de París. Si el gigante americano no es ecológico y se despreocupa del medio ambiente, ¿puede producirse un auge de una nueva economía, una nueva tecnología revolucionaria que, como la lanzadera volante o la cadena de montaje de automóviles, genere una nueva era de prosperidad económica global?

¿Qué le queda a Europa? Pese a sus problemas y neurosis internas, el viejo continente crece, en contra de los agoreros recurrentes. La Unión se ha quedado sin su plan A (liderar, en manifiesta oposición a Trump, la lucha contra el cambio climático). Ahora China le tiende la mano. ¿Es un buen plan B?

 

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Photo credit: 1JazzLover via Foter.com / CC BY