Tecnopolítica: ¿rejuvenecimiento de la política o activismo de sofá?

Algo está cambiando en el ecosistema de la política. Ahora esta vive gran parte de su tiempo en Internet y en las redes sociales. Las campañas se planifican gracias al ‘big data’ y se financian con ‘crowdfunding’. Es tan importante un buen golpe de efecto en Twitter como un mítin ante los votantes. Las filtraciones, el arma más importante de la pelea política, ya no contienen unos pocos documentos como en el Watergate que destaparon un par de periodistas del Washington Post. Ahora se mueven millones de ficheros que analizan decenas de reporteros para tumbar a ministros y empresarios en cuestión de días, y a nivel global.

Es la tecnopolítica. Y el movimiento sísmico que está produciendo es equivalente al que en la segunda mitad del siglo XX provocó la llegada de la televisión. Entonces, los sesudos y profundos discursos (Franklin D. Roosevelt, Manuel Azaña o Winston Churchill) dieron paso, a la fuerza, a mensajes concretos y directos, a la tiranía de los asesores de imagen (John F. Kennedy). Desde el comienzo del siglo XXI, la tecnopolítica está provocando la siguiente gran revolución. La popularización de las tecnologías digitales ha sido clave en la victoria de Barack Obama en 2008, en la ‘primavera árabe’ de 2010 a 2013 o en el más reciente auge de Donald Trump y Podemos.

“La tecnopolítica es el uso de la tecnología de proximidad, fundamentalmente todo lo que tiene que ver con el dispositivo móvil y las redes sociales, para la acción, organización y comunicación política”, explica a Food for Thought Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor de comunicación y autor del libro Tecnopolítica. “El uso de esas tecnologías permite segmentar y orientar persona a persona la comunicación política, y analizar muchos datos para ello. Un ejemplo reciente es lo que ha hecho Emmanuel Macron para lanzar su movimiento ¡En Marcha! o la irrupción de Podemos en España”.

Del holograma en el Congreso hasta las revueltas árabes

Las nuevas tecnologías han sido usadas con profusión en el último lustro para catalizar movimientos políticos. La victoria de Barack Obama en 2008, primero en las primarias contra la maquinaria electoral de Hillary Clinton y luego contra el republicano John McCain, es difícil de comprender sin la movilización de la gente joven a través de las redes sociales. Gestionada por Thomas Gensemer, gurú digital, la campaña en Internet a través de my.barackobama.com consiguió 500 millones de dólares y 14 millones de simpatizantes. Algo similar ocurre con el éxito de Podemos: inimaginable comprender su éxito electoral sin comprender cómo funcionan sus ‘ciberguerrillas’, grupos de personas organizadas por el sistema de mensajería Telegram que se coordinan para inundar Twitter con consignas, hasta convertir su palabra clave (ya sea “la trama” o “fin del bipartidismo”) en tendencia (trending topic).

La tecnopolítica puede gestionarse de arriba abajo, como en el caso de la campaña de Obama, o de abajo a arriba, como en el caso de las revueltas de la Primavera Árabe. Desde Túnez a Irán, pasando por Egipto o Bahréin, los sistemas de mensaje electrónico, los vídeos de denuncia subidos a Youtube, los navegadores que mantienen el anonimato como Tor, y otras herramientas tecnológicas, ayudaron a soslayar el cerrojazo informativo de los gobiernos. Jóvenes, normalmente educados, de ciudad y con acceso a Internet, azuzaban movimientos de protesta destinados a derrocar dictadores que, en la mayor parte de los casos, terminaron fracasando de una u otra forma.

Y siempre hay un toque de activismo social detrás. El uso de la tecnología de holograma para proyectar una manifestación virtual frente al Congreso de los Diputados por la llamada “ley mordaza” consiguió un enorme impacto internacional que una manifestación física difícilmente habría conseguido.

La ‘tuitplomacia’

Mucho antes de que Donald Trump amargara el desayuno a medio mundo con sus tuits matinales (en ocasiones anunciando cambios drásticos de la política de la primera potencia del mundo en 140 caracteres, en otras simplemente insultando a la prensa), la llamada diplomacia de Twitter llevaba años en pleno auge.

Mítico fue el encontronazo digital de 2013 entre los representantes de exteriores de Irán y de Estados Unidos en plenas negociaciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas con Teherán para cerrar el acuerdo sobre el programa nuclear persa. La reunión se torció en el último momento, presuntamente por una exigencia de los franceses. John Kerry, entonces secretario de Estado de Obama, defendió a París: “Los franceses han firmado, nosotros hemos firmado. Había unidad, e Irán no podía soportarlo”, dijo el secretario de Estado estadounidense.

Inmediatamente, Javad Zarif (http://twitter.com/JZarif ), ministro iraní de Exteriores, llevó la disputa a Twitter: “Sr. Kerry: ¿Fue Irán la que destrozó más de la mitad del borrador estadounidense el jueves por la noche, y después habló públicamente contra él el viernes?”, en clara referencia a Francia, que había calificado la propuesta como de “locura”, y añadió para solaz de sus más de 100.000 seguidores: “Por mucho que se retuerzan los hechos, eso no cambiará lo que ha pasado en el 5+1 de Ginebra desde las seis de la tarde del jueves a las 5:45 del sábado. Pero puede erosionar aún más la confianza”.

La mayoría de los líderes y políticos globales están en redes sociales; unos más activos y otros, menos. Es un nuevo campo de batalla ideológico, un foro de debates improvisados, la plataforma para convocar manifestaciones de apoyo o para denunciar las promesas incumplidas del adversario.

Twitter, donde el intercambio se limita a 14 caracteres por mensaje, se ha convertido en un foro por el que los líderes mundiales, muchos con millones de seguidores, consiguen transmitir su visión sin los filtros de los medios de comunicación. Es uno de los máximos exponentes de la tecnopolítica, y contiene en sí mismo uno de los principales problemas de la misma, la tendencia al activismo de salón.

Porque las redes sociales tienen el defecto de ensalzar más bien la riña que el diálogo, el impacto que la profundidad. Además, como se ha descubierto tras el impacto de las noticias falsas (‘fake news’) en la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, generan una especie de ‘cámara de resonancia’ en que solo llegan al lector las noticias de sus amigos y conocidos. Una preselección hecha para el usuario de los que piensan más o menos como él, y por tanto limitan la apertura de mente y repiten las mismas ideas, reforzándolas, en vez de sugerir otras nuevas.

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