Nuevo orden… ¿viejo?

Nuevo orden… ¿viejo?

Temores o indicios, abundan los síntomas de que este 2017 recién iniciado pueda acabar marcando un antes y un después. Dicho de otra manera, ¿estamos en puertas de un nuevo orden mundial? A lo que cabe agregar otra pregunta: ¿será de verdad ¨nuevo¨ o el retorno de ¨viejas¨ formas que tanto costó superar? El paralelismo histórico siempre acaba constituyendo una atrayente tentación.

No pocos coinciden en identificar la globalización como origen y causa de todos los males. O, visto de otra manera, que todas las soluciones pasan por liquidarla. Coinciden en ello sustratos ideológicos de contrapuesto signo, respectivamente identificados en los dos extremos del mapa doctrinal. Persisten matices, sin duda, en lo que se propugna para el hipotético después, pero ninguna propuesta a futuro anda escasa de indefinición.

Yendo más a lo concreto, va fraguando la idea de que concentrarse en lo propio va a ser el mejor modo de restablecer siquiera parte de la perdida o cuando menos amenazada prosperidad. Trabas al libre comercio, limites a la migración, liquidación de proyectos como la Unión Europea… por ahí discurre el catálogo de propuestas que, guste o no, va concitando adhesiones en buena parte de la sociedad. Por novedosas que se presenten, ¿lo son?

Se considere forzada o no, la referencia que algunos manejan nos retrotrae a justo un sigo atrás. Recuerda que el arranque del pasado XX liquidó una experiencia asimilable en términos de globalización. Sucedió de forma abrupta, poniendo fin a formas de organización o si se prefiere desorganización social. Y sólo mediando dos guerras mundiales y una depresión profunda de un par de décadas, acabó emergiendo un nuevo modelo socioeconómico que ha propiciado una etapa de estabilidad y prosperidad sin precedentes. Periodo que ahora mismo se siente caducado, amenazado o quizás desviado de su fundamento esencial. Pensando en ello, valdrá la pena evitar los errores de entonces, con todo lo que trajeron consigo, sin pagar un indebido precio para encontrar un horizonte mejor.

Los ingredientes son muchos, pero una simplificación aceptable puede centrarlos en los dos que se presumen más relevantes: incertidumbre y desigualdad. Ninguno es en verdad novedoso, pero han alcanzado grados que tienden a ser insoportables y, por lo tanto, insostenibles que urge rectificar.

La cuestión a dilucidar es si hace falta buscar, elegir e implementar propuestas de verdad innovadoras, o habrá que conformarse con la profusión de recetas ya conocidas y experimentadas, pese a que el balance efectivo de muchas de ellas está al alcance, no aconsejando precisamente ningún amago de recuperación.

Una vez más, lo procedente será contrastar y debatir. Es tanto como evitar respuestas sencillas para resolver cuestiones complejas, calibrando y valorando las verdaderas implicaciones de cada opción, sometiendo problemas y teóricas soluciones a lo que aquí venimos llamado desde hace tiempo Terapia de la Verdad. Al final, lo único que no deberíamos permitirnos es recurrir a remedios que, en lugar de curar, conduzcan a incubar viejas formas de enfermedad.